Crónica de pobres amantes, de Vasco Pratolini

Cuando supo que íbamos a Florencia, Joan me preguntó si había leído Crónica de pobres amantes, de Vasco Pratolini. Le dije que no, y me la recomendó. Como Joan es de fiar en sus recomendaciones, busqué la novela. La encontré en una librería de viejo. Pero no la pude leer antes del viaje; la he leído después, al regresar. Y con la lectura me ha entrado un deseo imperioso de volver a Florencia y recorrer la calle del Corno, y la de los Leoni, y la plaza Santa Croce, y el Borgo Pinti, y la calle de los Neri, donde vivía Milena antes de casarse, y evocar todos estos personajes entrañables que han ido surgiendo de sus páginas y que, con la naturalidad y sencillez de los humildes, han configurado un mundo de anhelos y frustraciones, de amores nacientes y de rupturas, de penas y esperanzas

La novela de Pratolini es, en efecto, una crónica de pobres amantes, pero en el sentido más amplio. Aquí los pobres amantes son un abanico de gente modesta que habita la calle del Corno, en el corazón de una Florencia que ve crecer el fascismo como una amenaza o una salvación, depende de la mirada, y que aman, porque amar es esencial en la vida, aunque sea amarse a sí mismo, como la Señora, o amar una causa, como Maciste o Carlino, el uno comunista y el otro fascista, o amar a una persona —aquí son muchos los personajes que tendría que citar—, o un oficio, como Mario, el tipógrafo, o un vicio, como el remendón, que es un incontinente de las habladurías.

En un estilo tan directo que es como si nos estuviese hablando, lleno de fuerza y lirismo, Pratolini construye un gran cuadro de la Florencia menestral de entreguerras a través de la vida vecinal de una calle del barrio viejo: la calle del Corno, donde él mismo vivió de muchacho con su abuela materna tras la muerte de su madre y que su padre se volviera a casar. La prosa de Pratolini tiene color y aroma, te llena los sentidos de la fragancia de la Toscana y de los efluvios malolientes de las calles estrechas y húmedas en que transcurre la acción; es una prosa rica y evocadora, pero también intensa y profunda, que cala en el interior y te emociona. Sensible y observador, de origen humilde como sus personajes, Pratolini te los dibuja con maestría y convicción, con un profundo afecto por todos ellos. Su relato no tiene solo un protagonista, ni dos, ni tres, toda la calle del Corno es el protagonista, casi sin predilecciones, y si las tiene, son ideológicas. Su voz clama contra la ola fascista que recorre Italia en la medida que lo hacen sus personajes y a través de una atmosfera de violencia y temor que, poco a poco, va impregnando la novela.

A su vez, Crónica de pobres amantes (Cronache di poveri amanti, 1947) es también la pintura costumbrista de una Florencia popular y alegre, de ferias y celebraciones festivas, con las calles y plazas llenas de gente endomingada que bebe y canta, ríe y baila para conmemorar la entrada o la despedida de las estaciones bajo el patrocinio de un santo o de un acontecimiento religioso. Con esta novela Pratolini se inscribe en la corriente neorrealista, que encontrará su máximo exponente en el cine. Él mismo colabora en los guiones de Paisà (1946), de Roberto Rossellini y de Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino Visconti, y será el autor de una veintena más.

Supongo que a estas alturas resulta evidente la profunda impresión que me ha causado la lectura de la obra de Pratolini. Y es que ha sido un gozo que se ha mantenido vivo  desde la primera página a la última. ¡Y yo, ignorante de mí, sin saber nada de él hasta que Joan me lo recomendó!