Jorge Oteiza, o la alquimia del arte

Desde el 27 de setiembre hasta el 22 de enero, en La Pedrera hay una exposición del escultor vasco Jorge Oteiza. Hace unos días fui a verla. No había demasiada gente. Su arte, basado en la reflexión y la experimentación, no resulta tan atractivo para el gran público como un pintor impresionista o un escultor barroco. Sin embargo, el compromiso de este artista con el mundo que lo rodea y con el proceso de transformación del hombre es uno de los más interesantes y apasionados que he conocido. Y, la verdad, salí de la exposición con la satisfacción de haber descubierto una vida extraordinaria y una obra intensa, inteligente y bella. Contemplando las figuras de Oteiza, siguiendo el hilo de sus pasos vitales y su pensamiento, escuchando de fondo su voz, que me llegaba desde una sala en donde proyectaban un documental, sentí el goce de la creación, el desafío del compromiso, la fuerza de la idea convertida en herramienta y motor de una tarea, el vigor de una obsesión.

Conocía de oídas la relevancia que la figura de Oteiza ha tenido dentro del arte contemporáneo, pero no tenía un conocimiento directo del hombre y de su obra. La visita a la exposición fue como la constatación del sentido profundo que el arte puede llegar a tener en una vida. Porque Oteiza vivó para crear y para convertir el arte en un camino hacia la humanización. Según él, el arte no cambia el mundo, es al hombre a quien cambia a través de un proceso de depuración espiritual, y es este hombre transformado por el arte, el artista, quien, desde la vida, puede transformar la realidad. Oteiza, pues, concibe el arte como una especie de proceso alquímico que tiene la capacidad de potenciar en el hombre lo mejor de sí mismo. Y hacia los años sesenta, consecuente con esta idea, Oteiza abandona la escultura y se entrega a confeccionar y poner en marcha un proyecto pedagógico que busca la renovación social a través del arte; durante un tiempo todos sus esfuerzos se dirigen a descubrir un hombre nuevo a partir de la educación estética de los diferentes colectivos que conforman la sociedad, empezando por los niños. Fruto de esta iniciativa surge el movimiento cultural llamado Escuela Vasca, con el que pretende fomentar la realización de manifestaciones artísticas inspiradas en la cultura popular vasca con el fin de potenciar su valor identitario.

La exposición es una muestra de su trayectoria artística, desde la etapa figurativa inicial ―un figurativo siempre muy personal y en el que apunta su obsesión por el vaciado de la materia― hasta la abstracción espacial de su última etapa, donde aborda la obra escultórica a través del concepto del vacío. Son obras en las que el espacio vació ―desocupado, lo llama él― pasa a ser el que da volumen a la pieza, resuelta tan solo con simples planos materiales que se yuxtaponen y se intersecan. Resulta sorprendente cómo, en manos del artista, simples láminas de metal pueden llegar a construir formas tan elegantes y bellas, de una armonía que sosiega.

Normalmente no me paso mucho rato en las exposiciones; leo por encima los paneles informativos y miro con detenimiento pocas piezas. Busco más el impacto general, la sensación o la emoción del conjunto de la obra, y me entretengo en aquello que me sorprende o me impresiona. Es a partir de aquí que me intereso y me sumerjo más en ella. Y cuando llego al final, si me ha gustado, vuelvo hacia atrás para hacer un repaso y, entonces juego a ver qué pieza me llevaría a casa. Siempre hay una o dos ante las cuales siento el deseo de la posesión. Pero en esta ocasión, ante las cajas vacías de Oteiza me encontré con que no podía decidirme por una sola; me parecían tan fascinantes y sugerentes, tan precisas en su ejecución y tan originales conceptualmente que me vinieron ganas de llevármelas todas y distribuirlas por casa para que me hiciesen compañía y me inspirasen pensamientos elevados que me consolasen de vivir en este mundo tan alterado y alejado del ideal de armonía del gran artista vasco.