Reflexiones psicoanalíticas

Reconocimiento

Reconozco haber estado sometido a una lubricidad acomplejada, herencia de un abuelo crápula y mujeriego y de un padre autoritario, reprimido por la moral del nacionalcatolicismo e insatisfecho por una esposa frígida. Mi libido, exagerada o no, no lo sé valorar, me ha proporcionado desasosiego y confusión durante muchos años al encontrar que el objeto de deseo era un ser enigmático y misterioso que a la vez que me atraía, me asustaba. Las causas de esta percepción que he podido identificar son: la escasa formación sexual que recibí en la adolescencia, una educación marcada por el catolicismo riguroso del régimen franquista bajo el que crecí, que incluía la separación de sexos en el instituto, mi propia timidez, entendida como miedo al fracaso, y la vivencia de un modelo familiar lamentable, que no quería reproducir bajo ningún concepto. (Seguramente hay muchas más causas, pero no las sé distinguir.) Todo esto me ha llevado a cometer errores continuos a lo largo de mi vida hasta que, entrado ya en la madurez y tras sufrir y hacer sufrir una serie de desengaños, con dolorosas secuelas y remordimientos, encuentro un cierto equilibrio a través de la sublimación de la creación como elemento compensatorio de una pulsión sexual exigente y enojosa y de una compañía sentimental estable, articulada sobre una convivencia intermitente.

Mi atracción hacia las mujeres, y que en otros hombres proporciona grandes dosis de felicidad, a mí me ha proporcionado frustración y dolor demasiado a menudo. A pesar de esto, nunca he dejado de admirarlas y desearlas, aunque, ahora me doy cuenta, ofuscado por mi pasión no me he preocupado lo bastante en conocerlas. En esto ha jugado en contra precisamente mi tendencia a verlas como seres extraños, con un poder inquietante e inexplicable de debilitar mi voluntad y diluirme en la nada. Esto si me enamoro. Pero si no me enamoro, también.

Durante una etapa de vi vida, conquistar a una mujer se convirtió en un reto, un factor de autoafirmación y, por tanto, en una obsesión. Estuviese donde estuviese, mi objetivo subliminal siempre era el mismo: seducir; y esto me impedía disfrutar de otros aspectos con la satisfacción que se merecían. Me ha faltado pausa y serenidad en la elección de la mujer; fácilmente me he entregado a relaciones sin futuro, abrumado por la sensación de soledad que me ha perseguido desde la adolescencia. Lo más desconcertante es que en muchos momentos, yo mismo he buscado esta soledad que me angustia cuando se hace absoluta. Se puede decir que vivo la soledad como cárcel y refugio, que la temo y la deseo a un tiempo, igual que me pasa con las mujeres.

Soy y no soy; por tanto, cabe considerar que soy incompleto, que me falta algo que no sé exactamente qué es. ¿Precisión? ¿Definición? ¿Lucidez? ¿Equilibrio? No lo sé. Pero a pesar de la confusión, o quizás a través de ésta, me siento profundamente humano, respetuoso con la vida, solidario en el dolor, amante de la naturaleza en toda su diversidad y partícipe del Universo, mi hogar eterno.