Reflexiones

Sobre la degradación de una sociedad, o cómo se llega al fascismo

Ya hace días que me pregunto cómo puede ser posible que, en democracia, ejerzan cargos públicos personas que insultan a su adversario, mienten e incitan abiertamente al odio y a la violencia. Personas crispadas que, un día sí el otro también, solo hacen que descalificar y ridiculizar a los que no son de los suyos como vulgares matones de patio de escuela. Individuos agresivos y gesticulantes capaces de desmentir a la Historia sin rubor y de solicitar medidas represivas a partir de sus propias falsedades. Hombres y mujeres arrogantes, ciegos y sordos a la realidad diversa que significa vivir en democracia. Personas intolerantes que solo admiten un único pensamiento, una única moral, y alzan la voz para imponerlos como una verdad absoluta y salvadora. Y nadie les dice que callen, que basta ya, que un Parlamento no es un bazar, ni los estudios de una emisora de radio o de una cadena de televisión, una barra de bar, ni las redes sociales, un vertedero.

Hoy, en su artículo habitual en el diario Ara, Sebastià Alzamora plasma en una frase esta situación y el riesgo que conlleva que la toleremos. «La degradación del lenguaje comporta la de la política y, finalmente, la de la sociedad: no querer entenderlo, o entenderlo solo cuando eres tú a quien se difama, es permitir que prosperen los instintos primarios que alimentan el odio y el autoritarismo.»

Tiene razón. Estas voces públicas vociferantes y falsarias nos degradan a todos y nos ponen en peligro. Si el camino de la humanización consiste en hacer prevaler la razón por encima del instinto, la tolerancia por encima de la violencia, el diálogo per encima de la fuerza; si el objetivo de la civilización es buscar las condiciones idóneas para vivir todos en paz y concordia, hacer prevalecer el afecto por encima del odio y el respeto por encima del desprecio, si es así, estas voces no tienen cabida y se las debe silenciar descabalgándolas de sus posiciones de preeminencia. Cuando los argumentos de un político son el insulto y la mentira, nos humilla a todos, a los que lo han votado y a los que no, y el agravio no es únicamente para aquel o aquellos a los que pretende descalificar, sino para la especia humana entera.

Los asesinatos políticos, las guerras y los genocidios son los grandes fracasos de la Humanidad y siempre se producen en atmosferas sociales envenenadas por el odio incubado y abonado per regímenes autoritarios. Todas las acciones que nos conducen hacia ahí son errores que, tarde o temprano, tendremos que pagar. Y consentir que estas voces desaforadas sigan con su discurso descalificador y falso desde el hemiciclo de una sede parlamentaria es una grave equivocación de la sociedad que lo permite.