La venus negra

David, separado y con un hijo, rompe con Amanda y se apunta a un viaje a África. Durante el viaje se lía con Victòria y al llegar a Ouagadougou conoce a Mado, una muchacha burkinesa de la que se enamora, o al menos eso cree. Y regresa a Barcelona decidido a hacerla venir. A pesar de la oposición de la familia, la dificultad de los trámites y las dudas, David trae a Mado a Barcelona y, tras una convivencia de seis meses, se casa con ella. A partir de este momento empiezan los problemas. Una serie de extraños accidentes se suceden y alteran la vida de David, a la vez que se le despiertan los celos. Y todo esto nos lo cuenta él mismo mediante un relato con el que quiere descubrirse y perdonar. El relato es largo, pero allí donde está, le sobra el tiempo. 

Una nueva peripecia vital de este personaje que aparece por primera vez en La mirada oscura y que repito en alguno de los cuentos de El pardal vermell y en La font de Ceres. A través de él muestro la tragicomedia de la vida, este ejercicio improvisado de tirar hacia adelante en el tiempo con más o menos acierto y que se acaba definitivamente con la muerte. Porque vivir no es nada más que eso: improvisar, resolver como mejor sabes y puedes las situaciones que te plantea al hecho de existir. Mi personaje duda, reflexiona, actúa y se equivoca una y otra vez, especialmente en su relación con las mujeres. Pero no sabe más; nadie le ha enseñado antes a vivir y tiene que aprender sobre la marcha, improvisando y arriesgándose. Lo que pasa en esta novela es que quizás arriesga demasiado y lo paga con creces.

No obstante, como bajo la mirada entre escéptica y sarcástica con la que observo el mundo que nos rodea late un corazón romántico, no condeno a mi personaje definitivamente a la desventura y, al final, le proporciono una nueva esperanza en forma de mujer. ¿Sabrá aprovecharla esta vez? ¿O se repetirá la historia de desavenencias? Bueno, esto ya no lo sabremos porque lo dejo aquí.